20 DE MARZO .DON QUIJOTE

Nuestros pequeños y pequeñas de infantil, están leyendo y conociendo a Don Quijote. Os dejamos una página divertida para jugar con esta obra. Que lo paséis bien.

http://nea.educastur.princast.es/quixote/index2.htm

Juan Ramón Jiménez
Platero y yo (fragmento)

” En el arroyo grande que la lluvia había dilatado hasta la viña, nos encontramos, atascada, una vieja carretilla, perdida toda bajo su carga de hierba y de naranjas. Una niña, rota y sucia, lloraba sobre una rueda, queriendo ayudar con el empuje de su pechillo en flor al borricuelo, más pequeño, ¡ay!, y más flaco que Platero. Y el borriquillo se despachaba contra el viento, intentando, inútilmente, arrancar del fango la carreta, al grito sollozante de la chiquilla. Era vano su esfuerzo, como el de los niños valientes, como el vuelo de esas brisas cansadas del verano que se caen, en un desmayo, entre las flores. Acaricié a Platero y, como pude, lo enganché a la carretilla, delante del borrico miserable. Lo obligué, entonces, con un cariñoso imperio, y Platero, de un tirón, sacó carretilla y rucio del atolladero y les subió la cuesta. ¡Qué sonreír el de la chiquilla! Fue como si el sol de la tarde, que se quebraba, al ponerse entre las nubes de agua, en amarillos cristales, le encendiese una aurora tras sus tiznadas lágrimas. Con su llorosa alegría, me ofreció dos escogidas naranjas, finas, pesadas, redondas. Las tomé, agradecido, y le di una al borriquillo débil, como dulce consuelo; otra a Platero, como premio áureo. ”

Plateroyyo-inicio1

 

EL NIÑO PEQUEÑO

Helen Buckley

Una vez un niño pequeño fue a la escuela. Era bastante pequeño y era una
escuela bastante grande. Pero cuando el niño pequeño descubrió que podía entrar a su salón desde la puerta que daba al exterior, estuvo feliz y la escuela ya no parecía tan grande.
Una mañana, luego de haber estado un tiempo en la escuela, la maestra dijo:
“Hoy vamos a hacer un dibujo”. ¡Qué bueno!, pensó el pequeño. Le gustaba hacer
dibujos. Podía hacerlos de todas clases: leones y tiburones, pollos y vacas, trenes y
barcos; y sacó su caja de crayones y empezó a dibujar.
Pero la maestra dijo: ¡Esperen!, aún no es tiempo de empezar y esperó a que
todos estuvieran listos. Ahora, dijo la maestra, vamos a dibujar flores. ¡Qué bien!,
pensó el pequeño, le gustaba hacer flores y empezó a hacer unas flores muy bellas con
sus crayones rosados, naranjas y azules.
Pero la maestra dijo: ¡Esperen!, yo les enseñaré cómo. Y era roja, con el tallo
verde. Ahora, dijo la maestra, ya pueden empezar. El pequeño miró la flor que había
hecho la maestra, luego vio la que él había pintado, le gustaba más la suya, mas no lo
dijo. Sólo volteó la hoja e hizo una flor como la de la maestra. Era roja, con tallo
verde.
Otro día, cuando el pequeño había abierto la puerta desde afuera, la maestra
le dijo: “hoy vamos a hacer algo con arcilla”. ¡Qué bien!, pensó el pequeño, le gustaba
la arcilla. Podía hacer toda clase de cosas con la arcilla: empezó a estirar y revolver su
bola de arcilla.
Pero la maestra dijo: ¡Esperen, aún no es tiempo de empezar! Y esperó a que
todos estuvieran listos. Ahora, dijo la maestra, vamos a hacer un plato. ¡Qué bien!,
pensó el pequeño. Le gustaba hacer platos y empezó a hacer algunos de todas formas
y tamaños. Entonces la maestra dijo, ¡Esperen!, yo les enseñaré cómo. Y les enseñó
cómo hacer un solo plato hondo. Ahora, dijo, ya pueden empezar.
Y muy pronto, el pequeño aprendió a esperar y a ver y a hacer cosas iguales, y
muy pronto no hacía cosas de él solo.
Luego sucedió que el niño y su familia se mudaron a otra ciudad y el pequeño
tuvo que ir a otra escuela. Esta escuela era más grande que la otra y no había puerta
del exterior hacia el salón. Tenía que subir grandes escalones y caminar un corredor
grande para llegar a su salón.
Y el primer día que estuvo allí, la maestra dijo: “Hoy vamos a hacer un
dibujo”. ¡Qué bien!, pensó el pequeño y esperó a que la maestra le dijera qué hacer.
Pero la maestra no dijo nada, solo caminaba por el salón. Cuando llegó con el niño, le
dijo: “¿No quieres hacer un dibujo?”, “Sí”, contestó el niño, “¿Qué vamos a hacer?”.
No sé hasta que lo hagas, dijo la maestra. “¿Cómo lo hago?”, preguntó el niño. “Como
quieras”, dijo la maestra. “¿Cualquier color?”, preguntó el niño. “Cualquier color”,
dijo la maestra. “Si todos usaran los mismos colores, ¿cómo sabría yo quién hizo qué y
cuál era cuál?”. “No sé”, contestó el niño y empezó a hacer una flor roja con un tallo
verde.

 

Dejamos dos preciosos cuentos para pensar. Ambos enviados  por familias del centro. ¡ Gracias!

” La firmeza de Sandrita”
Había una vez una niña de cuatro años que no se sentía muy feliz, pero no sabía por qué razón. La niña tenía de todo: unos padres que le querían mucho, un montón de juguetes, una gameboy, una videoconsola etc. Etc….

Cada vez que la niña tenía que hacer algo que requería esfuerzo decía:
“ ay, que no puedo, ay que pesado, ay otra vez“, y dejaba todo por hacer dejando a su madre solita y marchándose a jugar con sus muñecas.
Mientras tanto, la madre se quedaba pensando que algo le pasaba a su hijita, pero no sabía exactamente qué era lo que tenía. Y justamente en este momento se le aterrizó un pajarito precioso amarillito sobre su hombro derecho.” ¡Qué susto ¡” gritó la mamá, pero más susto le daba cuando ese pequeñito pajarito le empezó a susurrar en el oído. Le dijo: “yo sé lo que le pasa a tu hijita. Le falta firmeza”.
La madre se quedó asombradita porque no es muy común que de repente te habla un pajarito en el oído, pero se recuperó rápido para preguntarle al pájaro qué es lo que quería decir con la palabra “firmeza”.
El pequeño amarillito le contestó: “Usted debe animarle a su hija a que termine las cosas que haya empezado, aunque en ocasiones sean difíciles. Poco a poco irá aprendiendo que con algo de esfuerzo se puede conseguir lo que se propone. Por ejemplo, yo mismo acabé de construir mi nido, pero no era tan fácil. Ya que en la ciudad casi no se pueden encontrar ramitas sanas, tuve que volar cada vez más lejos y me cansaba mucho. Pero aún así sabía que seguir con la construcción de mi nido era muy necesario, ya que mi mujer y yo sin nido no podemos tener familia. Por eso me esforcé en cada viaje y al final lo conseguí: ahora tenemos un nidito precioso en un árbol a las afueras de la ciudad. ¡Anímala!”
Y con estas palabras se despegó del hombro de la mamá y se fue volando a su nido.
El padre de la niña, que era marinero, casi siempre estaba de viaje. Pero resulta que el día siguiente, por fin, iba a llegar a casa. La niña estaba muy contenta de poder ver a su papi otra vez y decidió hacerle un bonito dibujo. “ Qué buena idea”, le dijo la madre “verás que a papi le encantará”.
Cogió su papel y su lápiz y empezó a dibujar un barco, un cielo, unos pájaros y muchas cosas más. Para dar color a todo eso, empezó a pintar con sus acuarelas, pero coloreando el cielo se le cayeron unas gotas de agua justo en el azul del dibujo. ¡Qué disgusto! “Ahora ya no me sale nada bien” se quejó la niña y ya no quería seguir pintando.
En este momento, la mamá se acordó de lo que le había susurrado el pajarito y le animó a su hijita: “ venga, Sandrita, porqué no haces un pequeño esfuerzo y sigues con la pintura. Verás que cuando se seque, a penas se van a notar estas gotitas que te cayeron. Cubre el cielo con algo más azul y sigue con los otros colores, y sin darte cuenta casi, ya habrás terminado tu dibujo bonito.“
La niña estaba dudando, ya que no estaba acostumbrada de seguir sus tareas cuando empezaban las dificultades, pero pensando en la cara de alegría que iba a poner su papá, decidió intentarlo.
Y efectivamente, en un pispás le salieron todos los colores bien, los del mar, del cielo, del barco, de los pájaros y terminó antes de lo que podía haberse imaginado.
“Mira, mamá, ya está. ¿Qué te parece?”
La mamá estaba encantada y también el padre a quien el día siguiente enseñó orgullosamente su pintura. Cuando el papá se enteró que esta vez todo el dibujo entero había sido hecho por su hija y sin ayuda de su mamá, se alegró un montón y le dio unos besos fuertes a Sandrita.
Justamente en ese momento se le aterrizó un pajarito amarillo sobre el hombro del padre, quien se asustó un poco. La madre, mirando al pajarito, le vio haciendo un guiño y le respondió con una gran sonrisa, así agradeciéndole por sus consejos. Y con ese guiño se despidió, volando muy alto, muy alto, muy alto.

Los niños que no eran como niños :

Érase una vez un país donde los niños y las niñas eran perfectos.

Ayudaban a poner la mesa y a recogerla sin rechistar. Jugaban sin hacer ruido, siempre decían “por favor” y “gracias”, nunca se peleaban ni se manchaban la ropa y obedecían a las personas mayores. En el colegio, atendían a todas las explicaciones y siempre entregaban los deberes a tiempo. No podían comportarse mejor.

Pero nunca reían.

Sus madres y padres empezaron a preocuparse. Ni las comedias más divertidas ni los payasos del circo conseguían arrancarles la menor sonrisa. En el país jamás se oía una carcajada infantil.

Pero un día llegó allí un extraño personaje, ataviado con ropa de vivos colores, un extraño sombrero y una flauta. Tocó su canción en la plaza, hizo salir palomas del interior desus mangas, saltó y bailó con las más estrambóticas cabriolas, y cuando vio todas aquellas caras serias y preocupadas preguntó:

– ¿Ocurre algo malo?

Y los adultos le explicaron, angustiados, lo que sucedía. Entonces, él los reunió en torno a un árbol y comenzó a explicar.

– ¿Y si no siempre les prohibiérais…?

Todos le escucharon y regresaron pensativos a sus casa. Pero algo había cambiado.

Los niños y las niñas, aquel día, cantaron una canción, en voz no muy alta, a la hora de la siesta. Durante la merienda se lanzaron tímidas migas de pan a través de la mesa. Salieron a la calle y pisaron con cuidado sobre los charcos, y después comenzaron a saltar sobre ellos y a salpicarlo todo. Subieron corriendo las laderas cubiertas de césped prohibido, y se dejaron caer rodando desde lo alto. Y entonces, sólo entonces, las sonrisas que habían asomado temerosamente en sus caras se transformaron en carcajadas, y el aire se llenó del sonido de la risa.

Desde ese día, se acabó la tranquilidad. Los niños se colgaban de las lámparas, lanzaban tizas a los profesores, bailaban sobre las mesas y fabricaban aviones de papel con los libros de texto. Comían con la boca abierta, jugaban con la verdura, se cubrían de barro de arriba a abajo y le escondían las gafas a los abuelos y las zapatillas a las abuelas. Y reían, siempre reían, reían todo el rato sin parar.

También empezaron a pelearse entre ellos, a romperlo todo, a molestar a los perros y a los gatos y a lanzar piedras a los pájaros. Todo estaba hecho un asco, lleno de barro, de papeles sucios y de jarrones rotos. Y lo que era peor: con el tiempo, dejaron de reírse.

Los adultos, enfadados, acudieron a buscar al personaje vestido de colores y le explicaron lo que estaba pasando. El mago se puso muy triste, y se quedó sentado bajo el árbol varias horas, pensando.

De repente se levantó, sonriendo, y pidió a las personas mayores que llevaran a todos los niños y niñas a la plaza. Cuando estuvieron todos reunidos, les habló:

– ¿Y si algunas veces hiciérais…?

Y todo cambió otra vez. Desde aquel día, algunas veces, los niños y las niñas se portan bien, y otras se portan mal. A veces llevan los deberes hechos al colegio, otras veces no. Algunas veces juegan sin pelearse y sin hacer ruido, otras veces acaban recolcándose por el barro y tirándose del pelo en medio de una barahunda de gritos y silbidos. A veces la ropa les dura limpia todo el día, y otras veces hay que cambiarlos después del desayuno.

Y a veces ríen, y a veces no. Pero desde entonces, son niños.

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